Todos conocemos los efectos negativos del alcohol; sin embargo, la mayoría no estamos familiarizados con lo que le ocurre al cuerpo cuando consumimos esta sustancia.

Cuando bebemos, la hormona antidiurética, que controla el agua que va a eliminar el organismo, se ve afectada y pierde el dominio de la cantidad de líquido y minerales que salen, provocando que el cuerpo se deshidrate. Es por ello que cuando tomamos alcohol solemos ir más seguido al baño. Y el estar deshidratado afecta en gran medida nuestro rendimiento como atletas.

Por otro lado, el alcohol es una sustancia sumamente calórica y mientras que las calorías se pueden quemar, no es posible eliminar el alcohol a través del sudor, ya que éste se metaboliza muy lento y tarda más de cuatro horas en ser eliminado del organismo.

Asimismo, el alcohol invade el sistema nervioso y es por esto que al beber nos sentimos más “relajados”; sin embargo, lo que en realidad sucede es que los reflejos se vuelven lentos y la coordinación disminuye notablemente, al igual que la concentración, además de que el juicio se entorpece. Por estas razones el alcohol es enemigo del ejercicio, ya que cuando una persona va a entrenar o competir son justamente estas habilidades las que necesita al cien por ciento.

Aunado a todo esto, el alcohol retrasa la recuperación del glucógeno y se pueden perder las reservas de azúcares en el hígado y los músculos, que son clave para la recuperación muscular después del ejercicio, por lo cual los siguientes entrenamientos se verían afectados y la persona experimentaría algunos síntomas de deshidratación como cansancio, calambres musculares y dolores de cabeza, así como otros más severos.

La recomendación para reducir riesgos en la salud es evitar la ingesta de licor antes de la actividad física, además de aumentar el consumo de agua. ¡Recuerda que la moderación es fundamental! No se trata de prohibir el alcohol, sino de saber medirse, ingerir alimentos altos en proteínas y permitir al organismo recuperarse después de una noche de copas.

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